En septiembre de 1963, el artista galés Jon Petts se enteró de que un atentado con bomba, de motivación racial, había matado a tres niñas afroamericanas en una iglesia bautista de Birmingham, Alabama. Deseoso de ayudar, se ofreció a sustituir el vitral roto. El pueblo de Gales no tardó en recaudar fondos.
Mi madre llamó alrededor de las nueve de la noche. «Es sobre tu papá —dijo—. Partió». Aunque había imaginado esa llamada durante días y sentía alivio de que mi padre ya no sufriera, la noticia me sacudió. Lloré profundamente mientras el dolor seguía su curso los días y semanas siguientes.
La película Vida oculta narra la historia de Franz Jägerstätter durante la Segunda Guerra Mundial. Asqueado por las atrocidades nazis y creyendo que solo Jesús es el Señor, Franz se negó a jurar lealtad a Hitler y fue detenido.
En una de sus novelas, Toni Morrison cuenta la historia de Nel y Sula, amigas desde la infancia. Pero esa amistad se desgasta a medida que el egoísmo de Sula crece, culminando en que seduce al esposo de Nel. «¿Por qué no pensaste en mí? —pregunta Nel—. ¿No importaba yo?». Lamentablemente, Sula ni siquiera se preocupa en responder.
Después de cincuenta y cinco años, la selección de Inglaterra llegó a la final de la Copa Europea de Fútbol. El partido con Italia se decidió por penaltis. La última oportunidad de Inglaterra recayó en un joven jugador: Bukayo Saka. Pero el guardavalla italiano desvió el tiro. Los aficionados ingleses lloraron; la Copa se perdió.
El techo del Banqueting House en Londres es magnífico. Fue pintado por Sir Peter Paul Rubens entre 1629 y 1634 por encargo del rey Carlos I para glorificar el reinado de su familia. En una de las pinturas, la diosa Minerva celebra los logros del padre de Carlos, el rey Jacobo I. En otra, Jacobo es llevado al cielo sobre las alas de un águila. Al mirar el techo, los invitados a los banquetes recibían un mensaje claro: reyes como Carlos y su padre eran virtualmente divinos.
Solía trabajar con una mujer llamada Madge, una cocinera maravillosa. «¡Tendrías que probar mi sopa de arvejas con jamón!», me dijo un día. Cuando respondí que no me gustaban las arvejas, sonrió y dijo: «Te gustarán después de probar mi sopa». Al día siguiente, me entregó un recipiente con su sopa, hecha especialmente para mí.
Después de los horrores de Auschwitz, Elie Wiesel perdió su fe. «¿Dónde estabas, Dios de bondad? —preguntó, recordando el mal que él y otros sufrieron—. En mi infancia no esperaba mucho de los seres humanos, pero esperaba todo de ti».
Emily Kenward caminaba por la calle Lavender, en Brighton, Inglaterra. Tras aceptar poco antes a Jesús como su Salvador, veía la calle de manera diferente. Notó que muchas casas tenían las cortinas cerradas y se veían pocas personas mayores, a pesar de que la zona tenía una alta población de adultos mayores. Entonces, tuvo una idea: investigó dónde vivían los ancianos de Brighton y los invitó a una merienda. Los que asistieron contaron historias similares: vivían solos y solían pasar meses sin ver a nadie. Lo que más anhelaban era una visita.
Hace unos años, el artista Michael Landy enumeró todo lo que poseía: 7.227 pertenencias. Después hizo algo impactante: instaló una fábrica en el distrito comercial más concurrido de Londres y destruyó todo en público. Ropa, obras de arte, cartas de amor, incluso su auto, fueron colocados en una cinta transportadora y triturados. Mientras la gente entraba y salía de las tiendas cercanas, la obra de Landy planteaba una pregunta: «¿Quiénes somos sin nuestras posesiones?».